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Redescubriendo Grupos (VIII): Texas

Un pequeño cuento:

“Hace muchos, muchos años, vivía un joven violinista en una gran aldea del norte de Iberia. El chico acudía, diariamente, a ver a sus maestros de instrumento, solfeo y canto; no con poca oposición y siempre a regañadientes.

Ocurría por entonces que nuestro joven chico se encontraba bajo el influjo de un hechizo terrible que cercenaba sus brotes de alegría. Un hechizo que se reflejaba desde en los andares del muchacho hasta en el hablar. Ese encantamiento hacía que la mera escucha de melodías en escalas mayores produjese en él temblores incontrolables y mareos irreprimibles.

En sus largas horas de formación musical, los pupilos compartían charlas sobre sus compositores y trovadores favoritos, en las que nunca faltaba la aportación siniestra de nuestro pequeño amigo. Él defendía sus cántigas preferidas con fuerza descontrolada, llegando incluso a despreciar sin razón cualquier otra aproximación musical de otros jóvenes e inquietos músicos. Esos otros chicos se sentían impotentes ante los razonamientos sin sentido del pequeño violinista, así que decidían hacer caso omiso. Era el hechizo, que ejercía sobre él una fuerza inconmensurable que su cuerpo no podía rechazar.

Sin embargo, el oscuro mago que había lanzado esa maldición, no sabía que nuestro valiente protagonista poseía una cualidad excepcional en una zona de su diminuto cuerpo. El joven violinista retenía la habilidad de abrir sus oídos a casi cualquier melodía exterior, y su apertura era tan amplia que ni siquiera el hechizo del mago era capaz de ejercer voluntad alguna sobre su habilidad para la escucha.

Gracias a esa cualidad, poco a poco la música fue asentándose en su mente, produciendo todo tipo de cambios en el joven. La música alegró sus días, le ayudó a comunicarse, inspiró sus vivencias y, sobre todo, abrió su inteligencia a lo que los otros le proponían. Con los años, aprendió a degustar lo que durante tanto tiempo había apartado con recia insistencia.

Así, el violinista creció y creció y nunca dejó de explorar. Parecía como si un nuevo hechizo hubiese penetrado en su cuerpo. Pasaba las horas escuchando a los compositores de la época e incluso pedía a sus amigos músicos que interpretasen para él las obras de los mejores artistas de antaño. Era un niño pegado a una partitura, a una melodía. Pronto se dio cuenta de que, como con tantas otras cosas, sus mejores instantes los vivía cuando en la música le acompañaban otros. Era entonces cuando todo cobraba sentido, cuando las notas eran más notas y armonizaban sin ningún problema. Por eso, un buen día, decidió que tenía que compartir ese nuevo hechizo, mejor y más bueno, con el resto del mundo.

Y así lo hizo.”

Texas 1

Al pequeño violinista nunca le gustó Texas, por más que sus compañeros de escuela intentaban que así fuera. Sin embargo, un día “Summer Son” le hechizó y, entonces, Texas nunca le abandonó.

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